Producir prendas o tejidos de calidad en países como India, Pakistán, Bangladés, China, Filipinas, … no algo sencillo. Lo normal es tener que establecer controles de calidad en las etapas intermedias y al final de las cadenas de producción para “controlar” que los artículos tienen el nivel de calidad esperado (y negociado en el precio de compra).

Si la mercancía pasa el control, perfecto. Todos contentos.

Pero si esto no sucede, y se rechaza una partida, comienza un áspero debate con el proveedor: si es (o no) la calidad pactada para el artículo; si el control ha sido (o no) bien ejecutado por los inspectores; si los inspectores eran (o no) corruptos; si el defecto es (o no) tan grave para detener el envío de la mercancía … mientras, e-mail arriba y abajo, el tiempo va pasando, la producción no sale y los nervios de proveedores y clientes cada vez van teniendo menos reservas de paciencia.

Quienes lo hemos sufrido sabemos lo cansado que resultan todas estas negociaciones que no aportan ningún valor. Tener la razón no implica ninguna ventaja cuando el producto no va a llegar a tiempo o no va a satisfacer el nivel de calidad que deseas ofrecer a tu cliente

Una manera poco ortodoxa de mejorar la calidad.

Sala de conferencias a rebosar. Cerca de 200 personas deseosas de escuchar a  varias ponentes para hablar de un tema que cada vez toma más fuerza en el mundo textil: la sostenibilidad.

Entre las ponentes Kavita Parmar,  fundadora de IOWEYOU (www.iouproject.com). De entre las muchas cosas interesantes que expuso, me quedé con una historia sobre cómo la conexión con el propósito de las personas hace que todo cambien en el mundo de los negocios.

Kavita explicaba que el problema de la calidad desapareció de sus prendas el día que los artesanos y talleres que confeccionan sus artículos conocieron la acción que IOWEYOU a poner en marcha.

¿Aumentar las penalizaciones por retrasos?¿Amenazar con retirar la producción y dársela a un competidor?¿Poner más controles de calidad a cargo del proveedor?¿Realizar más auditorías?

No. Ninguna de estas típicas “soluciones” se puso en marcha.

En su lugar, en IOweYou decidieron poner rostro a cada una de las personas que confeccionan sus tejidos y prendas: los clientes pueden ver, a través de la web, a las personas reales que están detrás sus creaciones.

¿Qué ocurrió nada más implantar la medida? Que el primer envío llegó tarde.

Al preguntar a las fábricas por el retraso, la contestación fue que los trabajadores habían ralentizado el ritmo de producción para poder servir un artículo con la calidad que ellos mismos habían decidido elevar, puesto que ninguno se sentía satisfecho con que alguien pusiese su rostro a una prenda defectuosa.

A partir de ese momento, mejor calidad y mejores entregas. Otro modo de hacer las cosas es posible.

El caso del iPad en la cafetería.

Otro ejemplo extraído de la Hardward Business Review: en una cafetería se entregó un iPad a los clientes y otro a los cocineros para que ambos pudiesen verse, en vivo, en el transcurso de un servicio de hostelería normal.

Los clientes podían ver cómo se preparaba la comida y los cocineros podían ver las reacciones de los clientes al probarla.

¿El resultado de esta experiencia? La calidad de comida mejoró un 17%.

De nuevo, el simple hecho de conectar las personas con su esencia hace que tomen conciencia de su responsabilidad y decidan elevar sus estándares.

El marco de macarrones.

Todos hemos sido niños. Muy niños. Y creo que todos hemos enmarcado una foto de nuestros padres, pegada en una cartulina, con macarrones (siento no tener ninguna a mano para compartirla).

La inmensa ilusión de entregar el regalo a tus padres era el motor que hacía que pegases con auténtico detalle cada uno de los macarroncillos … El niño, no lo hacía por sus padres: el niño lo hacía por la enorme satisfacción que le causa la tarea y la felicidad que iba a sentir al ver la cara de sus padres al recibirlo.

Así de simple. Pura conexión

¿Cuál es la lección de estos tres casos tan diferentes?

Cuando las personas nos conectamos con nuestro propósito, con lo que realmente mueve nuestro corazón, todo cambia.

No son necesarios grandes sistemas de control y de aseguramiento, sino que la propia esencia de las personas y su conexión hacen que todo fluya y sea natural. El propósito se convierte en el elemento motivador que nos alinea con nuestro centro. No quiero decir que los sistemas de control basados en normas ISO, o lean, o six-sigma no sirvan. Sólo digo que, en la inmensa mayoría de los casos, les falta la conexión con el corazón de las personas.

Y como siempre, la gran pregunta: ¿De qué manera se pone esto en práctica?¿Cómo puedo transferir a mi día a día este factor motivador?

Tres pasos muy simples.

Cuando estés delante de una tarea en la que no estés fluyendo, no avances, no te sientas a gusto con el resultado de lo que entregas …

1.- Párate y respira. Deja de intentar que salga y date un espacio.

2.- Deja de preguntarte “cómo” hacerlo, y en su lugar, pregúntate “para qué” lo estás haciendo.

3.- Cuando encuentres el propósito genuino, que te conecte con tu esencia, comprobarás como todo fluye.

Si lo que encuentras no es genuino, y es una obligación (todos nos obligamos, en mayor o menor medida a hacer cosas) entonces, al menos, siente que te estás obligando, encuentra el propósito por el que te obligas y haz lo que hayas decidido hacer.

De esta manera tan simple, introducirás conciencia en todo lo que haces y eso, siempre, trae resultados sorprendentes. Compruébalo.

En el fondo, sólo se trata de conectar con el niño que todos tenemos dentro.

Photo by Samuel Zeller on Unsplash